Las horas pasaban, y yo estaba sentada en aquella silla vieja. Pensaba si realmente debería estar ahí, y si en mi lugar no debería estar alguien más. Estaba harta de estar sentada en esa silla metálica, fría y dura, que deformaba mi columna vertebral conforme pasaban los minutos (que para mí, eran horas). 'Pronto descansaré', pensaba yo, mientras veía el reloj platinado frente a mis ojos. Las voces a mi alrededor se convirtieron en poco tiempo, en murmullos sin sentido, y la luz sobre mi cabeza era blanca intensa, tanto que cegaba.. Comencé a sentir dolores en el cuello, y a pesar de que me quejaba internamente, no podía hacer nada al respecto, ya que estaba obligada a permanecer en donde estaba. Al parecer, el señor que estaba parado frente a mí, se reía de mi cara de angustia, le causaba gracia verme desesperada por pensar que yo no tenía la culpa de sentirme mal, sino la situación en la que me encontraba.
Mis manos sujetaron las agarraderas de la silla con fuerza, al ver que la hora se aproximaba. Estaba lista para levantarme, en mi delirio de libertad; pero recordé que los cinturones de cuero detenían mi cuerpo para impedirlo, y, al voltear a ver a aquel hombre de nuevo, con mis ojos llenos de lágrimas, vi que su mano se deslizaba delicadamente sobre esa palanca, que accionaba los cables que estaban conectados a mi cabeza. Su risa me lo dijo todo, y lentamente, bajó la palanca.
La sensación que sufrí ese día es indescriptible, ya que después de sentir que mi cabeza reventaba, el dolor terminó. Me sentí más libre que nunca. Fue extraño porque reí con los que reían de mi..
No hay comentarios.:
Publicar un comentario